Estas historias, más allá de un análisis profundo y necesario, siempre dejan un sabor de boca amargo. Porque al final de una estela digna de fuego pirotécnico de gran calado, todo termina en fuego fatuo. Hasta el momento la situación se resumen en un diálogo, por llamarlo de alguna manera, más propio de tiempos muy remotos en el cual todo una parte se dice ofendida por las televisoras, y por otro lado unas empresas que a manera de chofer molesto en el periférico quieren dar una lección, al mejor estilo de “para que aprendan”.
Y en el fondo todo queda en rounds de sombra, porque el problema se resuelve, en términos racionales, con la transformación del status quo imperante en el país. Todas las instancias en México, no sólo las mediáticas o las políticas, están instaladas en el privilegio. De abajo hacía arriba y viceversa, cada sector defiende a capa y espada su “rincón” o su “llanura” de privilegios. La fuerza social, inmensa, de este país está concentrada en asegurar, cada quien, su espacio de monopolio. Por eso en nombre de la libertad, la justicia y la equidad se defienden casi a muerte los privilegios. Tal vez esa es la razón por la que siempre suenan con estridencia los cañones de guerra y al final se pierden en petardos comunes. Como el pájaro de la pampa, diría un filósofo, que en un sitio pone el grito y en otro el huevo.
Y al ciudadano ¿qué le queda por hacer? Cada vez más se le arrincona para que se sume a los grupos en busca del privilegio como única salvación. Lo cual es, por definición, imposible. De toda esta historia aparece una conclusión: que la clase política y los grandes grupos de medios de México poco o nada hacen para la construcción de la libertad, la justicia y la equidad, aunque digan que todo lo hacen por estos preceptos.
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