miércoles, 3 de septiembre de 2008

¿DEBE EL GOBIERNO SUBSIDIAR MEDIOS PRIVADOS?



Tal vez para nosotros escuchar hoy día hablar de dinero público que trascurre directamente a un medio privado nos suene a cohecho, a corrupción o a cualquier cosa menos a algo honesto. Eso por lado del gobierno, y por lado de los medios nos parecería que hablamos de falta de independencia y connivencia con el poder al cual se supone que debe vigilar en provecho de los ciudadanos.

Ahora no hablamos de la publicidad oficial (los dejo con una editorial de La Nación de Argentina), esa fuente de recursos que por momentos se piensa es la única solución y que no pocas veces es capaz de sumir a un medio en una espiral de miedo al vacío. No, ahora hablamos de recursos que un Estado traslada directamente a un medio de comunicación

Sin embargo, como todas las cosas de la vida, y los medios son una de ellas en tanto instituciones de la sociedad, las cosas no son negras o blancas. Por ejemplo, en Francia el subsidio del Estado a los medios de comunicación es una norma medianamente aceptada. Desde la oficina del Primer Ministro de Francia, que tiene un departamento para el desarrollo de los medios, se señala que prensa escrita: “contribuye de forma esencial a la información de los ciudadanos y a la difusión de corrientes de pensamiento y de opinión”. Este es el preámbulo para explicar los diversos programas de ayuda a la prensa en general. Además indican que esas ayudas tienen tres objetivos que son” el aumento de la difusión, la defensa del pluralismo y la modernización y diversificación de los medios en su camino a la reconversión en empresas multimedias”.

Esto pasa en Francia, pero, por ejemplo, sería impensable en un país como Estados Unidos. Esto es así porque los medios e comunicación son parte de la sociedad, no son hechos aislados. Y por lo tanto la misma sociedad acepta o rechaza formas de relacionarse con los medios.


En el fondo el tema del dinero público en los medios privados es un juego a tres bandas: los medios que dejan claro que el dinero no es el todo poderoso y que su independencia sí es su principal valor. Los ciudadanos, que deben entender hasta dónde el financiamiento público es una forma de expansión de sus libertades y no un baile de máscaras entre poderosos. Y los gobiernos que no pueden asumir la infamia de “no pago para que me peguen” sino que la libertad de prensa y opinión no es una dación del poder público: es una libertad de la sociedad y esta libertad es capaz a su vez de potenciar otras libertades.